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El liderazgo en la familia
Las cualidades de un buen líder
Partimos de la idea de que la familia es una empresa en la que tú y tu cónyuge ejercéis la dirección. En este trabajo compartido sois los dos los que, como entidad directiva, tenéis la responsabilidad de que la empresa funcione bien. Esto requiere una buena comunicación, planificación, organización, coordinación, liderazgo, control y capacidad de corregirse cada uno, y, sobre todo, no hay que olvidarse de cultivar el arte de delegar, motivar, inspirar y ¡confiar!
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La persona, tanto si se trata de la empresa familiar como de la empresa comercial, tiene una posición central en la gestión de la misma.
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Todos ellos aplicables a la familia:
- Un buen líder es un pensador que conoce su empresa a fondo. Está al día sobre todos los acontecimientos y los hechos que son relevantes para su empresa. Es capaz de desarrollar procesos ideológicos, logísticos y creativos.
- Sabe en todo momento con claridad lo que debe y puede exigir del personal que trabaja para él.
- Tiene un sexto sentido para relacionarse. Sabe delegar, inspirar, motivar y confiar en sus colaboradores y en las personas que le rodean de manera que puedan desarrollar sus tareas con creatividad y ganas. Puede comunicar claramente con sus colaboradores cuáles son sus exigencias y dónde tienen sus límites.
- Prudencia y discreción son características esenciales de un buen líder. Este es capaz de pensar por la empresa, dejando a un lado, cuando el bien de la empresa lo exija, opiniones personales, a las que no se aferra.
- Quiere conocer sus defectos y mejorarlos.
- Tiene una actitud valiente, se atreve a tomar riesgos, es exigente consigo mismo y tiene un gran sentido de responsabilidad, tiene confianza en sí mismo. Es de carácter emprendedor, tiene espíritu negociador y la paz interior suficiente para enfrentarse a situaciones difíciles y controlar el estrés.
- Es enérgico y sabe tomar las decisiones oportunas antes de que los asuntos se compliquen y se conviertan en urgentes cuando esto no era necesario.
- Su manera de organizar es dinámica, eficiente y simple en lugar de rápida y con prisas. No pierde de vista el desarrollo de las tareas delegadas y actúa a tiempo cuando no son efectuadas adecuadamente.
Un buen liderazgo está basado en ciertos principios
El buen líder:
- No define límites solamente para los demás, define primero los suyos propios y procura no extralimitarse.
- Mejora la calidad de su vida y la de tu entorno. Sabe que esto es tarea diaria, que no se puede abandonar.
- Reconoce sus faltas y quiere aprender de ellas. Se atreve a corregirlas y se deja aconsejar. Sabe que nadie está en posesión de toda la verdad.
- Reconoce las buenas cualidades y la eficacia del trabajo realizado por otros. No se apropia de ideas aportadas por los colaboradores.
- Es sencillo, llano en el trato y sabe que la sencillez en contraposición con la arrogancia es una cualidad muy apreciada por los que dependen de él. Se atreve a ser el mismo, sabe que esto es importante para acortar distancias que por razón del cargo pueden surgir.
- Intenta superarse haciendo siempre un poco más de lo que se espera de él. Un mundo en el que las personas sólo hacen lo que se espera de ellas, lo estrictamente necesario, sin afán de superación es un mundo frío, y no hay nada más agradable que encontrar en la vida personas dispuestas a hacer en su trabajo, por los colegas, mas de lo que se les pide.
- Intenta crear un ambiente de trabajo lo mas agradable posible para sus colegas. Al estructurar y delegar las diferentes tareas en la empresa tiene en cuenta, en la medida de lo posible, las preferencias y capacidades que sus colaboradores, sabedor de que esto, el poner a cada uno en el sitio que mas le gusta, que mejor se le da, facilitará también la buena marcha de la empresa.
Todo lo que hemos dicho hasta aquí puede sonar a ¡demasiado!, pero si lo trasladamos a nuestra situación familiar, no solamente nos damos cuenta de su importancia sino que reconocemos en ellos, mejor dicho, en la falta de algunos de estos principios, la causa de mil pequeños conflictos en la vida familiar. En definitiva, se trata de profesionalidad, cosa muy necesaria también en la familia.
Unos ejemplos para ilustrar:
- Para comprar alimentos y sin sobrepasar el presupuesto, se necesita tener un control de lo que todavía tenemos en la despensa y en la nevera.
- Educar a los hijos exige mucha dedicación y creatividad. Pero sobre todo hace falta mucha energía para formarlos, para motivarlos y enseñarles donde están las fronteras.
- Energía también para llegar a acuerdos con el cónyuge sobre la educación y para resolver situaciones que se presentan inesperadamente.
Y aun no hemos hablado de nosotros mismos, como directivos de esa empresa familiar! ¡Queremos hacer tantas cosas y tenemos siempre tan buenas intenciones! Fácilmente olvidamos que hay cosas en nuestro carácter que pueden dificultar el trabajo en equipo y ser la causa de un mayor costo de energía, también para los demás.
Si quieres conocer libros excelentes sobre este tema, ve al enlace siguiente: Libros
Por Mariángeles Nogueras, autora del libro Mi familia, mi mejor empresa
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Muchos suspensos
Las notas son un claro indicativo de cómo evoluciona tu hijo en el colegio. Es un papel importante que hay que saber leer e interpretar correctamente. Cuando viene cargado de suspensos o de notas decepcionantes, es un buen indicativo de que algo falla. No siempre es resultado del poco estudio de tu hijo. Hay otras variables que influyen y es importante que ante estas malas notas reflexiones junto a tu hijo y busquéis soluciones juntos.
Conductas muy frecuentes pero que resultan ineficaces e incluso perjudiciales.
- Los grandes castigos y los grandes gritos. Muchos padres al recibir un informe académico desfavorable reaccionan amenazando a su hijo en medio de grandes gritos. Un padre que recurre a estos procedimientos no suele preocuparse de su hijo durante las 10 ó 12 semanas que dura una evaluación y se limita a llevarse el gran disgusto cuando llega el boletín con las notas.
Evidentemente, los castigos y los gritos no son la manera más adecuada para encontrar las causas del fracaso y, por lo general, al llegar el siguiente informe, se repite la misma escena. Cuando esta situación es reiterativa, el estudiante se acostumbra a ella, aguanta con más o menos estoicismo los gritos de los padres, y al día siguiente sigue la vida como si nada. Lo triste es que la situación académica no mejora y la relación familiar se deteriora poco a poco.
- Humillarle. Expresiones como: “Eres un vago”, “No harás nada en la vida”, “Que tonto eres”, “Si yo hubiera tenido tus oportunidades…”, y otras lindezas de este estilo no suelen dar buenos resultados, al menos en el plano personal, porque sólo humillan, pero no buscan soluciones. Conozco personas adultas que tienen una falta de seguridad en sí mismas por oír comentarios despectivos hacia su persona por parte de educadores que los querían estimular así hacia el estudio. Normalmente, si el estudiante no tiene motivación hacia el estudio es por algo. Decir que es un vago que no quiere estudiar es lo más fácil, pero lo menos eficaz porque, frecuentemente, no es cuestión de querer, sino de poder.
- No hacer nada después de los grandes gritos. Olvidarse del hijo en cuanto se ha pasado el berrinche suele ser lo más frecuente, y lo peor es que queda abandonado a su soledad. El padre sigue tan absorbido por el trabajo personal, sus problemas o sus aficiones como antes y pensando que el éxito en los estudios es, únicamente, tarea del estudiante.
- Para la gran mayoría de los estudiantes, estudiar es un trabajo duro. En estos tiempos tal vez más, porque elegir entre ir al cine y aprender a calcular el máximo común divisor o cómo funcionan las fuerzas físicas, no tiene vuelta de hoja. ¿Quién no elige ir al cine? Y en estos momentos el cine, en forma de televisión, está dentro de todas las casas. A veces, inmenso error paterno, incluso dentro de la habitación. No hace falta tener dinero ni sacar entradas. Basta aposentarse en el sofá y apretar un botón para ver la película favorita.
¿Qué se puede hacer ante los suspensos?
- Si hay comunicación entre padres e hijos ha de haber sinceridad y aceptación de los hechos por parte de todos, en especial de los padres, para buscar las causas y los remedios.
- Recomiendo a los padres que escuchen a sus hijos. Seguro que éstos tienen mil razones por las que no les va bien en los estudios. No es el momento de evaluarlas sobre la marcha, ni de echar sermones, ni de decir que son excusas baratas. Es el momento de leer entre líneas los mensajes que el hijo envía, a veces camuflados, para tratar de averiguar por qué le gusta tan poco estudiar.
- La verdad es que encontrar estas causas no es fácil y menos hacerlo los padres solos. El problema del éxito escolar es complejo ya que es un tema donde influyen mucho las relaciones humanas y éstas son una asignatura difícil.
- La ayuda de los maestros suele ser muy valiosa siempre que los padres vayamos a ellos con una actitud adecuada. Los profesores no tienen una varita mágica que asegure el éxito de sus estudiantes. Pero sí tienen datos del rendimiento del muchacho y observaciones de su comportamiento en clase. Ellos dan su versión, que nunca puede ser objetiva del todo, pero es muy importante. Después, los padres, hemos de hacer los deberes a que nos hemos comprometido. Porque de nada sirve hacer muchas visitas a los tutores si, cuando salimos de la entrevista, no rematamos la tarea en casa. Es como ir al médico y no tomar las medicinas.
- Proporcionar técnicas de estudio: Muchos fracasos escolares sólo esconden una falta de habilidad para el estudio, que se puede solucionar con la ayuda extraescolar de un profesional que, individualmente, le enseñe a estudiar y le proporcione los conocimientos necesarios para cubrir las “lagunas” que seguramente tiene. Con frecuencia, el fracaso de un alumno se debe exclusivamente, por ejemplo, a un problema concreto de lectura.
- Tener clara la vocación profesional es la principal fuente de motivación del adolescente, por lo que es fundamental ayudarle a decidir la carrera o profesión que quiere estudiar. En este sentido, una buena orientación profesional puede dar buenos resultados.
- Dar responsabilidades a los hijos en casa desde que son pequeñitos. La experiencia escolar demuestra que los alumnos que colaboran en casa responsablemente – ponen la mesa, sacan la basura, se hacen la cama, riegan las flores, ayudan a limpiar…-, suelen tener más éxito en los estudios que aquellos que no hacen nada. En este aspecto también se cumple aquello de que “dinero llama a dinero”, “trabajo llama a trabajo” y… “pereza llama a pereza”.
- Ayudar a los hijos a hacer los deberes en casa, valorando el trabajo individual que nuestro hijo ha de hacer fuera de la escuela. Enséñale a apuntar las tareas en la agenda con precisión, a organizar el tiempo en casa (hacer horarios con tiempos de estudio y de descanso), proponerse metas cortas …
Un estudiante pocas veces admite que no es capaz de sacar adelante una asignatura. Su orgullo y su amor propio le impiden reconocer su falta de habilidad para el estudio o su falta de conocimientos previos necesarios (lo que se conoce como “lagunas”) para seguir aprendiendo, por lo que prefiere dar la imagen de vago antes que reconocer otros problemas, ya sean emocionales o intelectuales. Los padres, que somos los adultos responsables que tiene a su lado para ayudarle, debemos tener el temple suficiente para ofrecer a nuestro hijo ayudas y alternativas racionales que le permitan desarrollarse como persona.
Pablo Pascual Sorribas
Maestro, licenciado en Historia y logopeda.
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