Archivos diarios: 11 marzo, 2012


Y se fue


Eres el típico prepotente que mira por encima del hombro al resto de la humanidad, a los que consideras seres inferiores a ti. Juegas con la llave en forma de tarjeta, deslizándola entre tus dedos. Eres un malabarista de la vida.

Apuntas a la bestia que duerme y disparas. Sus ojos se iluminan varias veces en señal de respuesta. Te obedece. Te enfundas en su traje de cuero y metal completando la simbiosis.

La puerta se abre. Lentamente la bestia se deja acariciar por el sol, dejando ver al mundo su glorioso esplendor. Un rugido advierte a todos de que está preparada. Ahora eres el diablo sobre ruedas y la carretera te pertenece.

Las rectas de las calles de tu ciudad son solo pasarelas de despegue donde las leyes no están hechas para ti. Entras en la autopista a toda velocidad, haciendo alarde de tu maestría y poder al volante. Zigzagueando vas adelantando a unos y a otros con una sonrisa de desprecio. Eres el amo y señor de la velocidad.

Sientes el poder que ejerces sobre los demás cuando se apartan para dejarte pasar. Te excita, te engrandece y pisas más a fondo el pedal. Eres dueño del control que ejerces sobre todo cuanto te rodea.

Nada se atreve a interponerse en tu camino. Nada salvo un coche que parece hacer caso omiso a las señales de luz que lanzas con impaciencia. El sonido del claxon parece que tampoco funciona con aquel insecto inmundo que se ha atrevido a hacer que aminores la velocidad.

El conductor te mira por el espejo retrovisor, estás muy cerca, demasiado cerca. Luego mira a sus dos hijos que permanecen ajenos al peligro que les acecha, al igual que la mujer que ocupa el asiento del copiloto. No tendría por qué apartarse, puesto que va a la velocidad máxima permitida, pero aunque quisiera,  tampoco puede hacerlo por ahora puesto que no hay hueco para situarse en el carril central. Los nervios empiezan a azotar su mente y el corazón se acelera.

La bestia está ahora a escasos centímetros, sin intención de parar, rugiendo enfurecida a su presa que, asustada, consigue esquivar el mordisco apartándose de tu camino. Miras con exacerbado odio a aquel que ha osado ofenderte. Levantas el puño amenazante y le insultas sin piedad. No puede oirte, pero sabes que tus gestos serán entendidos mientras se alejan hacia la derecha.

La rabia que te invade enmascara ese pequeño detalle. Vuelves a mirar al frente agarrando fuertemente el volante, queriendo volver a tener el control de tu bestia. Ella siempre te ha dejado sentir la sensación de volar. Esa sensación de libertad, de ser dueño de tu propio destino, de tu vida. Pero ahora ella se ha parado y no entiendes el por qué. Ves pasar a todos aquellos a los que antes habías adelantado sin piedad. Algunos te miran con temor, otros con incredulidad y, algunos, te miran dibujando una sonrisa de desprecio.

“¡Reiros que ya os pillaré más adelante, atajo de negados!” – Piensas mientras percibes que todo a tu alrededor se va oscureciendo. “¿Se está haciendo de noche? No puede ser… si son poco más de las doce del mediodía. ¿Qué demonios está pasando?” . Tratas de moverte en vano, de gritar a la bestia que aranque de nuevo su odio, pero no sucede nada, tan solo puedes dejar que la oscuridad te envuelva en su negro manto de frío silencio. Ya solo queda un pequeño punto de luz en la lejanía que pronto desaparecerá. Ya es tarde para arrepentirse. Demasiado tarde para pedir una segunda oportunidad. Tarde para reflexionar, para llorar, para vivir…

Y se fue.

 

 

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